Lucía Villar

Lucía Villar (La Coruña, 1968), reside en Arroyo de la Miel, Benalmádena. Licenciada en Informática “reinventada”, su vida, su trabajo y formación han estado vinculados de manera directa con la defensa de los derechos humanos desde el año 1999. Ha trabajado en el área de Cooperación para el Desarrollo tanto en el sector de las ONG, s como en la Administración Pública, a través de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo-AECID. Ha realizado estudios de fotografía especializándose en el ámbito profesional y de autor.

“La gobernabilidad a través del fortalecimiento institucional y del capital social han constituido ejes clave en mi recorrido profesional y personal, siempre con énfasis en el empoderamiento de las mujeres. He sido participante activa en movimientos sociales. Soy feminista. Me gusta y necesito trabajar en red. Creo que es la única manera de avanzar hacia la equidad y desmontar las estructuras que naturalizan y justifican las desigualdades.”

Cierro un ciclo reinventándome de nuevo”

“Trabajé desarrollando software para procesamiento de cartografía e imágenes de satélite en la administración pública. Decidí que quería otra vida y en 2004 lo dejé todo para irme a Nicaragua. Viví y trabajé en este país hasta 2018, año en el que el gobierno de Daniel Ortega respondió con represión y muerte a las protestas sociales. Volví a España y desde entonces la fotografía tomó un peso central en mi vida. A nivel de autoría ha abierto ante mí un espacio infinito de expresión en el que, más que en ningún otro, puedo llegar a sentirme absolutamente libre.”

CONTACTO


PROYECTOS

MANIFIESTO

En este reportaje autobiográfico, Lucía se enfrenta a su trabajo más personal: “Por primera vez cuento mi propia historia, no la de otros.” Pero también al “más político”. Manifiesto es un proyecto que cristaliza en formato libro artesanal, para poder mirar de cerca la cotidianeidad y atesorarla como fetiche que mantiene el simbolismo de lo íntimo, a la vez que marca a fuego la palabra, la experiencia, tan importante en este manifiesto.

“Desde que en 2018 regresé a España, después de quince años fuera, he vivido en un desacuerdo constante, conmigo misma y con un modelo de sociedad que ha arrinconado la vida. Este proyecto me acerca a una especie de tregua. En él mis hijos, Lucía y Matías, se han convertido en el canal de expresión de mis emociones, mis conflictos internos y mis disidencias, tras un aterrizaje forzoso en un país extraño para mí, el mío propio. Sus fotos son mis autorretratos.”

Dar el paso de emigrar parece que desintegrara el pasado. Allá donde llegas para los otros no existe, se esfuma, se vuelve invisible. Lo que traes a tu espalda se vacía.
He regresado y a veces me siento inmigrante en mi tierra. Aunque, pensándolo bien, nunca necesité pertenecer a ninguna tierra. Ni que ninguna tierra me perteneciera.
Y vaya donde vaya siempre hay algo que me ayuda a conservar el centro: mi gente y el mar.
Nunca olvidaré la primera vez que me contó que le gustaba alguien. Ni sospecha que esos pocos momentos de complicidad que me regala me hacen falta como el respirar.
Pasados los 50 mando curriculums como si fueran cartas a un amor platónico: Impecable, sonriente, responsable, fiel, …
Y después me quedo a la espera, toda arreglada, deshojando la margarita.
He decidido escuchar sólo los silencios que me dicen algo.
En alguna otra vida debí de ser pez.
Me asomo a mi balcón y veo el mar. Es un pedacito nada más entre dos torres de hormigón, suficiente para sentir una especie de euforia. Tardé en descubrir que en determinados días también puedo oírlo.
Cuando pierdo el centro el mar me lo devuelve. Está tan cerca, que sólo necesito salir al balcón. Y tan lejos que para escucharlo tengo que detenerme.
Le encanta desaparecer. A veces llega al límite de desquiciarme. ¿Y si no vuelve?.
Vivo con la angustia de ser una madre absolutamente imperfecta. Observo a otras madres, todas son perfectas para mí.Me hundo en el delirio de que mis hijos estarían mejor con cualquiera de ellas.
¿Y si no vuelven?
Cuando recupero la lucidez, me doy cuenta de que a muchas (¿a todas?) nos sucede lo mismo. Pero a los hombres no.
Una de las peores formas de violencia hacia las mujeres es la que se ejerce indirectamente, en los hijos. La duda, el dolor, el miedo y la culpa envenenan hasta la última tripa. Sólo encuentras un destello de paz cuando, de repente, recuerdas que has dado absolutamente todo para que estén seguros. Y qué seguirás haciéndolo.
Y cuando logras encajar sin remordimiento el hecho de que, a pesar de todo, queda un terrible poso de amor.
10 de diciembre: reviso fotos mientras escucho blues y tomo una cerveza. Con el árbol de Navidad iluminado, bajo un techo y al calor de Matías y Lucía.
Justo en este instante hay gente derribando muros, defendiendo sus derechos. Los míos.
Arriesgando la vida. Perdiéndola.
Y yo aquí…
Pasados los 50, a veces me parece que vivo en una madriguera y ya se pasó el tiempo de salir. Llegada a este punto, tengo absoluta claridad de que todo lo que me ha sucedido, bueno o malo, me ha traído hasta lo que soy hoy y he crecido con ello. Y la consciencia de haber hecho la vida que he querido hacer.

Sin embargo, no logro estarme quieta en la silla. Justo cuando siento que las puertas son más difíciles de abrir, es cuando menos me importa. Justo cuando descubro que mi energía no es inagotable, mi mente se niega a detenerse. Justo cuando mi cuerpo se resiente, lo acepto plenamente y lo agradezco. Y justo cuando siento cierta paz conmigo misma, estoy más en guerra con lo que me rodea.

Desde mi cueva continúo resistiendo-me a un mundo ahí afuera que desprecia la vida. Y Lucía y Matías me invitan cada día a salir y seguir bailando.”

COTIDIANO

Esa exploración de lo cotidiano, del universo íntimo de las personas y las cosas que nos acompañan, es otro de los elementos presentes en el trabajo fotográfico de Lucía. Construir el hábitat, encontrar un refugio, saborear la calma, son algunas de las herramientas del fotógrafo que se centra en el territorio de su propia vivencia y de sus sensaciones. En la imagen queda la huella, la presencia, de la vida.

“Uno de los sentimientos más profundos tras mi regreso a España es la gratitud. Agradezco estar cerca de mi gente, agradezco la luz, agradezco el mar, agradezco la fotografía…Mi vida es, desde que recuerdo, un acelere constante, paso por ella dejándome muchas cosas pendientes de vivir. Fotografiar lo cotidiano me permite detenerme y observar de manera plenamente consciente lo que me rodea. Se convierte en algo sanador. Este reportaje me brindó la oportunidad de redescubrir mi nuevo hogar: a lo largo del día me regala rincones de luz mágicos que me conectan con momentos y emociones muy concretos. Me sentí en casa. Y, como otras veces, recordé que SIEMPRE hay una luz.”

PÁRAMOS

La deriva nos conecta con aquello que, en esencia, somos. Nos enfrenta, como experiencia, a la sensación que prevalece, en segundo plano, inconsciente. La atención de la mirada, la búsqueda de lo existencial y la calma, el espacio abierto, el punto y seguido, la continuidad en la narrativa, es la impronta que estas imágenes nos dejan. Del dentro al fuera. Territorio exterior que explorar y en el que proyectarse.

“Me gusta viajar por carreteras perdidas, sin marcar tiempo ni destino. Los lugares abandonados me hacen sentir una especial atracción. El aura de soledad me regala paz y me lleva a inventar quién pasó por allí. Termino imaginando otras vidas en fotos. Como tantos otros, hice este recorrido con Ana, mi querida hermana. Ella me hizo pensar en cómo, al final, todo vuelve a la madre tierra.”


INTERÉS SOCIAL

Fotografía de identidad: SE LLAMA ‘VIOLENCIA DE GÉNERO’

“El retrato es la forma de expresión que más me inspira y que más retos me plantea. Me gusta trabajar con tiempo para conocer a la persona, sentirme cómoda con ella y ayudarla a sentirse libre ante mi cámara. Esta iniciativa surgió en el marco de la conmemoración del 25 de noviembre, Día Internacional de Lucha contra la Violencia hacia las Mujeres.”

Quise explorar este tema con y a través de niñas y niños y trasladar a imágenes las emociones que ello les genera.”

Fotografía de territorio: UN LUGAR DONDE IMPORTE

“A la pregunta “¿Qué es un buen barrio para Usted? ” alguien respondió: “Un lugar donde importe”. El territorio es un espacio en el que acontece la vida. Sin embargo, el ordenamiento del mismo y la planificación de las ciudades ponen en el centro la producción y al hombre (blanco, con poder adquisitivo y autonomía), obviando lo esencial: el cuidado de la vida, de las diferentes formas de vida, socialmente asignado a las mujeres. Investigué sobre el urbanismo feminista y desde ese prisma recorrí la ciudad donde vivo, de manera diferente a como suelo hacerlo.”

Descubrí un espacio pensado para la rentabilidad económica, el aislamiento y la individualidad.”